jueves, 5 de mayo de 2011

Noche de samba


Noche de samba

Sinuoso tu cuerpo de canela

subía y bajaba ante mis ojos

Cimbreabas tus caderas

suavemente,

trastornando galaxias

inflamando el cielo

Las luces de cristal giraban…

en el centro de la pista

dejaste caer tu blusa,

asomaron las manzanas maravillosas de tu pechos

En la quebrada insinuante de tus muslos

se instaló mi deseo sin tapujos

Percibías mis orejas rojas de ti

seguía tu ritmo, te cercaban mis brazos,

te detenías y reías

girabas elíptica y sensual

abrazando una imaginaria barra luminosa

El devaneo invadió la piel

Te quedaste estampada a fuego

en mis primarias ansias

Mujer desenfadada y ondulante

danzante carioca de Copacabana

dueña de mi admiración forastera

Me traje tu voz de terciopelo

que en cada esquina de nostalgia

me susurra insinuante

“Você sabe muito, professor,

meu professor”

martes, 26 de abril de 2011

Ha partido el Poeta Gonzalo Rojas, hasta siempre, Maestro


Poeta chileno nacido en Lebú, Arauco, en 1917.
Estudió Derecho y Literatura en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Fue profesor de Estética Literaria y Jefe del Departamento de Castellano en la Universidad de Concepción. Ejerció la docencia en Utah, EE.UU., Alemania y Venezuela. Organizó a partir de 1958 los famosos Congresos de Escritores en Concepción, reuniendo lo más selecto de la literatura latinoamericana. Fue diplomático en China y Cuba. Perteneció al grupo surrealista reunido en torno a la Revista Mandrágora, 1938 - 1943.
Recibió numerosos premios internacionales, entre los que se cuentan: Premio Sociedad de Escritores de Chile por «Poesía Inédita» 1946, Premio Reina Sofía de poesía de España, Premio Octavio Paz de México y José Hernández de Argentina, además del Premio Nacional de Literatura de Chile en 1992 y del Premio Cervantes de Literatura 2003.
Luego de una corta enfermedad, falleció el 25 de abril de 2011

jueves, 21 de abril de 2011

AUNQUE...

Aunque
todo es simple,
aun en el soporte interminable de lo eterno.

Aunque el ayer perjudique.

Aunque el ayer tronche y decida.

Todo es simple,
en este momento, en el amor...

Aunque el ayer perjudique.

lunes, 18 de abril de 2011

La cruz del alto

La cruz del alto

Al atardecer de un intenso día de río, piscina y plaza, nos reunimos el grupo de amigos que veraneamos y pasamos vacaciones de invierno en Petorca. Nos hemos visto por varios años, ahora somos amigos en la común tarea de crecer y explorar el mundo desde la adolescencia. En la plaza, en torno al monumento a Manuel Montt, después de misa, nos reunimos y de allí apuntamos a la cumbre, provistos de gorros de lana, caramelos, yo llevo además una pequeña libreta y un lápiz.

En el grupo están las niñas santiaguinas que hemos conocido en la piscina y que obtuvieron permiso de sus padres para hacer esta caminata vespertina a este cerro que domina el pueblo. El ejercicio de dominar el paisaje desde la cumbre, ver caer la noche y descender cantando en voz alta, Dicen que el Diablo murió en Petorca y que en La Ligua lo enterraron, se suman las leyendas del maldito, como aquella del burro negro al cual se iban subiendo los niños para dar un paseo, hasta que uno de ellos exclamó “!Ave María Purísima, chitas el burro p´a largo¡” y en ese instante el burro había explotado, dejando a todos los niños tirados en el suelo y un pesado olor a azufre en el aire. Es el juego de la autosugestión y también del coqueteo intuitivo, somos púberes o adolescentes y queremos vivir la ilusión de un pololeo de verano. El disfraz que estamos utilizando es cruzar experiencias de penaduras, de piques mineros con fantasmas extraviados.

Tomar de la mano a una chica, sentir su tersura y su calor, percibir el rubor de sus mejillas y adoptar el rol de guía y apoyo, rumbo a los senderos pedregosos que se dibujaban como una serpentina por el borde del cerro. Era una aventura que te llenaba de adrenalina. Vas con Patricia, eso es suficiente, jamás supiste sus apellidos, era de pelo castaño y sus pestañas muy largas, con sus dientes como de conejita, sobresaliendo en una permanente sonrisa o una disculpa soñadora. A medida que subimos nos vamos contando historias, que tu liceo, que donde vives, cuantos hermanos, hasta cuando te quedas. Sabedores de que ese paseo labraría sutilmente las vetas de un romance adolescente, sin que nos atreviéramos más que a un beso hurtado o regalado cuando la noche o algún matorral cómplice nos protegía de miradas. Al llegar a la cumbre, ya había promesas de amor revoloteando por el grupo, las niñas se reían y los varones juntábamos algunas piedras y florecillas para testimoniar el ascenso. Luego, nos tomábamos de las manos y en un círculo en torno a la cruz, rezábamos a coro las Ave María Purísima, sin pecado concebida, consignas celestiales que pasaban a ser nuestra protección frente a la noche que caía y las sombras diabólicas que yacían derrotadas alrededor de la cruz de madera.

Con chonchones de parafina que estaban a los pies de la cruz se encendía la cumbre de luz. Desde el pueblo, los vecinos sabían que el grupo había llegado a la cruz, peregrinando y riendo, en esa fuente de amistad que alegraba como un oasis la vida calurosa del pueblo. Allá arriba, se divisaban las siluetas de los jóvenes, y luego de ese instante, que era un umbral hacia la nocturnidad, el grupo comenzaba a descender, casi todos en parejas, de la mano, cumpliendo con el juego de la piel exacerbada de instintos, que quizás jamás se plasmarían en más que en besos y abrazos, promesas y florecillas secas, guardadas en una pequeña libreta, con la dirección de Patricia, hasta que otro verano, o alguna vacación de invierno, nos trajera de vuelta, para volver a tocarnos, a reconocernos como amores fugaces, como romanceros de rodillas magulladas, como novios fantásticos de una sola travesía. La que hicimos de la mano, abrazados, besándonos en la promesa de amarnos por siempre, hasta que un tren, del fin del verano, nos desperdigara por la vida y quizás alguna carta dejara constancia de esa ilusión que desafió a los demonios en la cruz del alto.

Comarca de los Poetas, 18 de abril de 2011.

domingo, 17 de abril de 2011

En la partida

Si tuvieras la chance de escribir un último mensaje, no quisieras dilapidarlo dejando registro de horas tempestuosas. Quizás buscarías resonancias estelares para cruzar el tiempo como un cometa renombrado. Quizás, sabiéndote minúsculo aerolito ignorado, preferirías refugiarte en tus células madres y flotar en ese resquicio mágico en que se guarda el alma, para pervivir, tenue y grácil como una pluma, dejando apenas una estrofa que salga de ese halo que envolvió tus pasos.

Tomarías, entonces, la enredadera de tu vida para apretarla en el pistilo que acarició mariposas, en la maravilla del nacer, en la epopeya del amar, en la tarea agridulce de formar tus hijos, de luchar por espacios, de disfrutar tus nietos, de ser feliz.

En ese último resumen, simplemente, daría gracias por lo concedido, por los atardeceres frente al mar, por la piel de la mujer amada retozando en las auroras. Por el té hervido y un gajo de naranja ensalzando la vida. Un beso cerraría la página con un hasta pronto, amor.